Una Tarde en Plaza Sésamo

Tenía 4 o 5 años y veía a Manfredo, una flacucha marioneta repitiendo una y otra vez conceptos de espacio. Muñecos de felpa y plástico con personalidades únicas, que no hablaban como payasos y se sentían muy cercanos: Lucas, un monstruo azul que se hiperventilaba con las galletas y me hacía reír sólo con eso. Conocí a Beto y Enrique, uno mandón y fanático del orden, el otro descuidado y con ganas de hacer cosas sin importar el resultado, que me recordaban a mi hermano y a mí en  esas peleas interminables que teníamos cada día.

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