UPPERCUT O COMO ME GUSTA ESCRIBIR

Escribir se vuelve una necesidad casi biológica, e ineludiblemente conectada al acto de leer. Muchos autores reconocen que su motivación para escribir es, en principio, construir relatos o historias que a ellos les hubiera gustado leer. Y en este sentido, mi primera experiencia consciente, más allá de simplemente entretenerse, fue el gusto por la poesía. Fue inevitable. Leer poesía era y es un sufrimiento indecible, porque por más aberrante que me parezca siempre, si el texto tiene trescientas páginas habré de leer las trescientas páginas. No hay otra manera en yo me pueda desentender. La poesía es para mí como un segundo lenguaje que, sin embargo, está en primer lugar. Es como poner una radiografía contra la luz, e interpretarlo ante la sabiduría de la ciencia médica. Y aun así, la radiografía no basta para dar un diagnóstico o para conocer al paciente, y hacerse en ese conocimiento, una nueva perspectiva de la vida. Por eso para mí, la poesía es la más importante de todas las artes, porque poesía hay en todas las cosas. Por tanto, no deja de ser un insulto de quien escribe tal arte, el que intente engañarte o hacerte perder el tiempo, aunque en ello no tenga conciencia: no hay poeta malo, hay horrible poesía. Dicho esto, desconfío de todo poeta que no pueda escribir un buen soneto, o un hermoso poema para niños con todo su meloso sonsonete. Pero soy un escritor disperso. No puedo mantener la atención sobre un texto por más de 20 segundos. Por ello me apasiona el relato que debe ser un uppercut directo al mentón. Me aburre el bailoteo del boxeador antes de conectarlo. Por eso escribo mal, sin preámbulos, sin “preparar” al lector o siendo casi inmisericorde con lo que se conoce como literatura. Por ello me es tan difícil escribir novelas porque ellas, más allá de la idea central, la trama, los personajes -su definición y evolución- requieren un cierto tono dado por el lenguaje, y a mí me cuesta mucho porque soy un escritor de tirones y no soporto las distracciones, por ello todo lo que no sea estar escribiendo, son distracciones. Por eso escribo corto, conciso, preciso, como un cirujano -conste que a los cirujanos igual se les mueren los pacientes-, pero digamos que ese es mi ADN. Lo más terrible es que a mí me importa mucho lo que los lectores opinen, lo que los demás opinen de mi obra, pues sería muy egocéntrico decir lo contrario. Uno no va y escribe una novela siendo un escritor formado, siempre estamos en formación y dependo mucho de eso. Quizá no de las temáticas, sino de las formas de exponerlas. Quizá por eso no me gusta la literatura realista, porque el realismo está en todo tu alrededor y no necesitas una novela para darte cuenta de ciertas cosas. Puede que en tu vida no ocurra nada novelesco -por decirlo así- pero eso es labor del escritor, que lo convierte en novelesco para hacértelo más entretenido, más digerible, pero la realidad es la misma, todos vivimos envueltos en realidad y basta solo que vayas a un café, y te quedes ahí mirando a una pareja mover los labios para intuir lo que hay allí, dos vidas, dos dramas, alegrías… qué se yo, y eso lo ves todos los días, en tu propia casa, con tu mujer o con tus hijos. Y si lo veo todos los días, ¿para qué voy a escribirlo? Por eso me gusta más la literatura especulativa, estirar las capacidades todo lo que sea posible, no hay conducta que me entretenga más que aprender, ver cosas nuevas que tengan relevancia en todo tu paradigma, tu cosmovisión.  Sé que quizá esta manera de pensar no me va a llevar a ninguna parte desde el punto de vista de lo que significa ser escritor, pero me importa un comino. Sé también que hay muy poca gente que me lee y está bien, pero lo que me gusta y me da satisfacción es que son exigentes, siempre están esperando algo mejor, y cuando decepciono, me lo dicen a la cara y lo discutimos y dialogamos y voy al ataque de nuevo. Eso es lo que me gusta. Si yo pongo ahí, no sé, algo de fenomenología del ser y venga una amiga y me diga “no, pus huevón, eso no es tan así”, o un amigo matemático me venga a rayar una gráfica de elemento finito en una servilleta, esa cuestión sí que es entretenida. Eso es para mí un uppercut, tener esa extraña sensación de algo terminado, como dijera hace poco Guillermo del Toro: “Cagarla, pero en tus propio términos”.

Jorge Alberto Collao

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